No sé qué voy a hacer ahora que aprendí a pensar. Antes sólo caminaba hacia ninguna parte. ¿Qué asunto tendré que descubrir para ser lo que soy? ¿Y los otros sabrán que yo existo? ¿Será bueno que lo sepan? Algo que es seguro, es que Siendo lo que soy, no me gustaría dejar de serlo.


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sábado, 2 de octubre de 2010

A quien llaman "El Sócrates Platónico". El mundo cambia cuando alguien piensa.





Una de estas tardes sentada en los pasillos de la facultad, conversé con un grupo de compañeros acerca del bestseller "El mundo de Sophia" de Josten Gaarder; uno de los muchachos me pregunta: ¿Con cual filósofo te quedas Aristóteles, Platón o Sócrates?, tajante le dije: Sócrates.  ¿Porqué? Por ser un potenciador del arte y la necesidad de conversar como método eficaz para dar rienda suelta a la sabiduría,
Por fingir ignorancia para revelar las debilidades de sus interlocutores.
El arte de pensar inéditamente.
El arte del que no pretende enseñar sino aprender, y a pesar de ello logra sin embargo, ser un gran maestro, en el caso de Sócrates, esto se evidencia en sus frutos: Aristóteles y Platón.

El arte de Ser de Sócrates es renovador e inspirador, hasta yo que no se filosofar lo percibo asi.. 
Para quienes no conocen algo de su vida, y también porque la filosofía lo es todo y debería estar en todos, añado un fragmento de "El mundo de Sophía" de Josten Gaarder, acerca de Sócrates.


"¿Quién es Sócrates ?

Sócrates (470-399 a. de C.) es quizás el personaje más enigmático de toda la historia de la filosofía. No escribió nada en absoluto. Y sin embargo, es uno de los filósofos que más influencia ha ejercido sobre el pensamiento europeo. Esto se debe en parte a su dramática muerte.

Sabemos que nació en Atenas y que pasó la mayor parte de su vida por calles y plazas conversando con la gente con la que se topaba. Los árboles en e! campo no me pueden enseñar nada, decía. A menudo se quedaba inmóvil, de pie, en profunda meditación durante horas.

Ya en vida fue considerado una persona enigmática y, al poco tiempo de morir, como el artífice de una serie de distintas corrientes filosóficas. Precisamente porque era tan enigmático y ambiguo, podía ser utilizado en provecho de corrientes completamente diferentes.

Lo que es seguro es que era feo de remate. Era bajito y gordo, con ojos saltones y nariz respingona. Pero interiormente era, se decía, «maravilloso». También se decía de él: «Se puede buscar y rebuscar en su propia época, se puede buscar y rebuscar en el pasado, pero nunca se encontrará a nadie como él». Y, sin embargo, fue condenado a muerte por su actividad filosófica.

La vida de Sócrates se conoce sobre todo a través de Platón, que fue su alumno y que, por otra parte, sería uno de los filósofos más grandes de la historia. Platón escribió muchos diálogos —o conversaciones filosóficas— en los que utilizaba a Sócrates como portavoz.

No podemos estar completamente seguros de que las palabras que Platón pone en boca de Sócrates fueran verdaderamente pronunciadas por Sócrates, y, por ello, resulta un poco difícil separar entre lo que era la doctrina de Sócrates y las palabras del propio Platón. Este problema también surge con otros personajes históricos que no dejaron ninguna fuente escrita. El ejemplo más conocido de esto es, sin duda, Jesucristo. No podemos estar seguros de que el «Jesús histórico» dijera verdaderamente lo que ponen en su boca Mateo o Lucas. Lo mismo pasa también con lo que dijo el «Sócrates histórico».

Sin embargo, no es tan importante saber quién era Sócrates verdaderamente. Es, ante todo, la imagen que nos proporciona Platón de Sócrates la que ha inspirado a los pensadores de Occidente durante casi 2.500 años.



La propia esencia de la actividad de Sócrates es que su objetivo no era enseñar a la gente. Daba más bien la impresión de que aprendía de las personas con las que hablaba. De modo que no enseñaba como cualquier maestro de escuela. No, no, él conversaba.

Está claro que no se habría convertido en un famoso filósofo si sólo hubiera escuchado a los demás. Y tampoco le habrían condenado a muerte, claro está. Pero, sobre todo, al principio solía simplemente hacer preguntas, dando a entender que no sabía nada. En el transcurso de la conversación, solía conseguir que su interlocutor viera los fallos de su propio razonamiento. Y entonces, podía suceder que el otro se viera acorralado y, al final, tuviera que darse cuenta de lo que era bueno y lo que era malo.

Se dice que la madre de Sócrates era comadrona, y Sócrates comparaba su propia actividad con la del «arte de parir» de la comadrona. No es la comadrona la que pare al niño. Simplemente está presente para ayudar durante el parto. Así, Sócrates consideraba su misión ayudar a las personas a «parir» la debida comprensión. Porque el verdadero conocimiento tiene que salir del interior de cada uno. No puede ser impuesto por otros. Sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento.

Puntualizo: la capacidad de parir hijos es una facultad natural. De la misma manera, todas las personas pueden llegar a entender las verdades filosóficas cuando utilizan su razón. Cuando una persona «entra en juicio», recoge algo de ella misma.

Precisamente haciéndose el ignorante, Sócrates obligaba a la gente con la que se topaba a utilizar su sentido común. Sócrates se hacía el ignorante, es decir, aparentaba ser más tonto de lo que era. Esto lo llamamos ironía socrática. De esa manera, podía constantemente señalar los puntos débiles de la manera de pensar de los atenienses. Esto solía suceder en plazas públicas. Un encuentro con Sócrates podía significar quedar en ridículo ante un gran público.

Por lo tanto, no es de extrañar que Sócrates, a la larga, pudiera resultar molesto e irritante, sobre todo para los que sostenían los poderes de la sociedad. «Atenas es como un caballo apático», decía Sócrates, «y yo soy un moscardón que intenta despertarlo y mantenerlo vivo». (¿Qué se hace con un moscardón, Sofía? ¿Me lo puedes decir?)

No era con intención de torturar a su prójimo por lo que Sócrates les incordiaba continuamente. Había algo dentro de él que no le dejaba elección. Él solía decir que tenía una «voz divina» en su interior. Sócrates protestaba, por ejemplo, contra tener que participar en condenar a alguien a muerte. Además, se negaba a delatar a adversarios políticos. Esto le costaría, al final, la vida.

En 399 a. de C. fue acusado de «introducir nuevos dioses» y de «llevar a la juventud por caminos equivocados». Por una escasa mayoría, fue declarado culpable por un jurado de 500 miembros.

Seguramente podría haber suplicado clemencia. Al menos, podría haber salvado el pellejo si hubiera accedido a abandonar Atenas. Pero si lo hubiera hecho, no habría sido Sócrates. El caso es que valoraba su propia conciencia —y la verdad— más que su propia vida. Aseguró que había actuado por el bien del Estado. Y, sin embargo, lo condenaron a muerte. Poco tiempo después, vació la copa de veneno en presencia de sus amigos más íntimos. Luego cayó muerto al suelo.

¿Por qué, Sofía? ¿Por qué tuvo que morir Sócrates? Esta pregunta ha sido planteada por los seres humanos durante 2.400 años. Pero él no es la única persona en la historia que ha ido hasta el final, muriendo por su convicción. Ya mencioné a Jesús, y en realidad existen más puntos comunes entre Jesús y Sócrates. Mencionaré algunos.

Tanto Jesús como Sócrates eran considerados personas enigmáticas por sus contemporáneos. Ninguno de los dos escribió su mensaje, lo que significa que dependemos totalmente de la imagen que de ellos dejaron sus discípulos. Lo que está por encima de cualquier duda, es que los dos eran maestros en el arte de conversar. Además, hablaban con una autosuficiencia que fascinaba e irritaba. Y los dos pensaban que hablaban en nombre de algo mucho mayor que ellos mismos. Desafiaron a los poderosos de la sociedad, criticando toda clase de injusticia y abuso de poder. Y finalmente: esta actividad les costaría la vida.

También en lo que se refiere a los juicios contra Jesús y Sócrates, vemos varios puntos comunes. Los dos podrían haber suplicado clemencia y haber salvado, así, la vida. Pero pensaban que tenían una vocación que habrían traicionado si no hubieran ido hasta el final. Precisamente yendo a la muerte con la cabeza erguida, reunirían a miles de partidarios también después de su muerte.

Aunque hago esta comparación entre Jesús y Sócrates, no digo que fueran iguales. Lo que he querido decir, ante todo, es que los dos tenían un mensaje que no puede ser separado de su coraje personal.

Un comodín en Atenas

¡Sócrates, Sofía! No hemos acabado del todo con él, ¿sabes? Hemos dicho algo sobre su método. ¿Pero cuál fue su proyecto filosófico?

Sócrates vivió en el mismo tiempo que los sofistas. Como ellos, se interesó más por el ser humano y por su vida que por los problemas de los filósofos de la naturaleza. Un filósofo romano —Cicerón— diría, unos siglos más tarde, que Sócrates «hizo que la filosofía bajara del cielo a la tierra, y la dejó morar en las ciudades y la introdujo en las casas, obligando a los seres humanos a pensar en la vida, en las costumbres, en el bien y en el mal».

Pero Sócrates también se distinguía de los sofistas en un punto importante. Él no se consideraba sofista, es decir, una persona sabia o instruida. Al contrario que los sofistas, no cobraba dinero por su enseñanza. Sócrates se llamaba «filósofo», en el verdadero sentido de la palabra. «Filósofo» significa en realidad «uno que busca conseguir sabiduría».


¿Estás cómoda, Sofía? Para el resto del curso de filosofía, es muy importante que entiendas la diferencia entre un «sofista» y un «filósofo». Los sofistas cobraban por sus explicaciones más o menos sutiles, y esos sofistas han ido apareciendo y desapareciendo a través de toda la historia. Me refiero a todos esos maestros de escuela y sabelotodos que, o están muy contentos con lo poco que saben, o presumen de saber un montón de cosas de las que en realidad no tienen ni idea. Seguramente habrás conocido a algunos de esos sofistas en tu corta vida. Un verdadero filósofo, Sofía, es algo muy distinto, más bien lo contrario. Un filósofo sabe que en realidad sabe muy poco, y, precisamente por eso, intenta una y otra vez conseguir verdaderos conocimientos. Sócrates fue un ser así, un ser raro. Se daba cuenta de que no sabía nada de la vida ni del mundo, o más que eso: le molestaba seriamente saber tan poco.

Un filósofo es, pues, una persona que reconoce que hay un montón de cosas que no entiende. Y eso le molesta. De esa manera es, al fin y al cabo, más sabio que todos aquellos que presumen de saber cosas de las que no saben nada. «La más sabia es la que sabe lo que no sabe», dije. Y Sócrates dijo que sólo sabía una cosa: que no sabía nada. Toma nota de esta afirmación, porque ese reconocimiento es una cosa rara, incluso entre filósofos. Además, puede resultar tan peligroso si lo predicas públicamente que te puede costar la vida. Los que preguntan, son siempre los más peligrosos. No resulta igual de peligroso contestar. Una sola pregunta puede contener más pólvora que mil respuestas.

¿Has oído hablar del nuevo traje del emperador? En realidad, el emperador estaba totalmente desnudo, pero ninguno de sus súbditos se atrevió a decírselo. De pronto, hubo un niño que exclamó que el emperador estaba desnudo. Ése era un niño valiente, Sofía. De la misma manera, Sócrates se atrevió a decir lo poco que sabemos los seres humanos. Ya señalamos antes el parecido que hay entre niños y filósofos.

Puntualizo: la humanidad se encuentra ante una serie de preguntas importantes a las que no encontramos fácilmente buenas respuestas. Ahora se ofrecen dos posibilidades: podemos engañarnos a nosotros mismos y al resto del mundo, fingiendo que sabemos todo lo que merece la pena saber, o podemos cerrar los ojos a las preguntas primordiales y renunciar de una vez por todas, a conseguir más conocimientos. De esta manera, la humanidad se divide en dos partes. Por regla general, las personas, o están segurísimas de todo, o se muestran indiferentes. (¡Las dos clases gatean muy abajo en la piel del conejo!) Es como cuando divides una baraja en dos, mi querida Sofía. Se meten las cartas rojas en un montón, y las negras en otro. Pero, de vez en cuando, sale de la baraja un comodín, una carta que no es ni trébol, ni corazón, ni rombo, ni pica. Sócrates fue un comodín de esas características en Atenas. No estaba ni segurísimo, ni se mostraba indiferente. Solamente sabía que no sabía nada, y eso le inquietaba. De modo que se hace filósofo el que incansablemente busca conseguir conocimientos ciertos.

Se cuenta que un ateniense preguntó al oráculo de Delfos quién era el ser más sabio de Atenas. El oráculo contestó que era Sócrates. Cuando Sócrates se enteró, se extrañó muchísimo. (¡Creo que se echó a reír, Sofía!) Se fue en seguida a la ciudad a ver a uno que, en opinión propia, y en la de muchos otros, era muy sabio. Pero cuando resultó que ese hombre no era capaz de dar ninguna respuesta cierta a las preguntas que Sócrates le hacía, éste entendió al final que el oráculo tenía razón.

Para Sócrates era muy importante encontrar una base segura para nuestro conocimiento. Él pensaba que esta base se encontraba en la razón del hombre. Con su fuerte fe en la razón del ser humano, era un típico racionalista.

Un conocimiento correcto conduce a acciones correctas

Ya mencioné que Sócrates pensaba que tenía por dentro una voz divina y que esa «conciencia» le decía lo que estaba bien. «Quien sepa lo que es bueno, también hará el bien», decía. Quería decir que conocimientos correctos conducen a acciones correctas. Y sólo el que hace esto se convierte en un «ser correcto». Cuando actuamos mal es porque desconocemos otra cosa. Por eso es tan importante que aumentemos nuestros conocimientos. Sócrates estaba precisamente buscando definiciones claras y universales de lo que estaba bien y de lo que estaba mal. Al contrario que los sofistas, él pensaba que la capacidad de distinguir entre lo que está bien y lo que está mal se encuentra en la razón, y no en la sociedad.

Quizás esto último te resulte un poco difícil de digerir Sofía. Empiezo de nuevo: Sócrates pensaba que era imposible ser feliz si uno actúa en contra de sus convicciones. Y el que sepa cómo se llega a ser un hombre feliz, intentará serlo. Por ello, quien sabe lo que está bien, también hará el bien, pues ninguna persona querrá ser infeliz, ¿no?

¿Tú qué crees, Sofía? ¿Podrás vivir feliz si constantemente haces cosas que en el fondo sabes que no están bien? Hay muchos que constantemente mienten, y roban, y hablan mal de los demás. ¡De acuerdo! Seguramente saben que eso no está bien, o que no es justo, si prefieres. ¿Pero crees que eso les hace felices?

Sócrates no pensaba así."

martes, 21 de septiembre de 2010

Influencia de los "progresistas" medios de comunicación en nuestra pérdida de identidad.



Resumen
No se percibe, pero en los diversos medios de comunicación en Venezuela y el mundo, si bien se aplica el psicoanálisis de masas, no es sólo con el objeto de vender mercancía, sino también condicionar e incitar al consumidor a copiar y preferir las costumbres y estrategias de mercadotecnia estadounidense, lo que forma una conducta en el individuo caracterizada principalmente por el desapego de sus raíces, su cultura y valores. El bombardeo publicitario que esta generación absorbe y asimila, crea y fomenta paradigmas y realidades que no le pertenece. A estas realidades se les efectúa un análisis crítico fundamentado en Mafalda, ícono del cómic o historieta en el ámbito mundial. Mafalda muestra el grado de influencia de la publicidad al representar los distintos prototipos de consumidor y ciudadano, creados en su mayoría, a partir de los medios de comunicación.
Se analizará y expondrá la manera en que su autor Joaquín Lavado (Quino) logró incluir información, humor, veracidad y realidad, en un producto sensacional, ejemplo para todo diseñador gráfico, publicista y comunicador social.  

Veamos, ¿Qué se hace hoy con la publicidad para y por los distintos públicos de la sociedad venezolana?
En los diversos medios de comunicación en Venezuela y el mundo, si bien se aplica el psicoanálisis de masas, no es sólo con el objeto de vender mercancía, sino también para borrar conciencias y dejar solo retazos de identidad nacional, de lo natural y lo real; lo que representa, desde hace décadas, una regresión más que un progreso para el hombre.

En la prensa, el cine, la radio y la televisión, se presenta al ciudadano norteamericano como prototipo de persona inteligente, un elector concienzudo, individualista y, sobre todo, un cuidadoso y refinado consumidor de los maravillosos productos de la industria extranjera. El extranjero representa en la publicidad, la flor y nata del progreso y civilización del siglo XXI y a muchos de nosotros nos gusta vernos en ese cuadro, sin percatarnos de que, como señaló el crítico y sociólogo estadounidense Neil Postman Los americanos se caracterizan por ser los mejor entretenidos, pero también los menos informados.”




Así, a lo largo de la historia hemos soñando despiertos, llenos de complejos y bloqueos irracionales, adictos a imágenes compulsiva e impulsivamente, lo que impide identificarnos con nuestras raíces o ser individuos verdaderamente conscientes, y aún cuando hoy tenemos herramientas y recursos para producir el cambio, seguimos haciendo lo mismo.
Según analistas y sociólogos, utilizados para diseñar campañas de persuasión masiva, los publicistas crean imágenes con personalidad e identidad muy particulares y atractivas para productos que en esencia, no tienen nada de característico.
El consumidor al ver un producto, lo compra asumiendo que adquiere supuestas proyecciones de él. Una forma de evidenciar esto, es tomar como ejemplo, el hecho innegable de que Los hombres compran cada dos años un auto nuevo, lustroso y cada vez más potente, porque éste le da una renovada sensación de potencia y lo asegura respecto a su propia masculinidad, necesidad emocional que un auto viejo no puede ofrecerle” (Packard,1982: 92)
En Venezuela, muchos productos poseen características extranjeras, y los compramos suponiendo y asumiendo que el poder cultural, económico y social se encuentra en otro lado, que no importa donde sea, NO ES AQUÍ, ese concepto nos complace y adoptamos costumbres que conducen a la certeza de que lo más importante es consumirlos.
¿Y qué nos queda?
  • El poco entendimiento de la cultura venezolana
  • Desatendiendo por completo la posibilidad de innovar.
  • Defender intereses en lugar de preservar principios

  • Comenzamos y terminamos validando las características más burdas y viscerales del venezolano, nos referimos a lo tradicional a través del lenguaje basto y pseudo coloquial, distorsionando nuestras raíces, haciéndolas repulsivas para nuestro pueblo.
  • Abuso de extranjerismos.

Nuestro consumidor, termina siendo chabacano, insensible y pro extranjerismos, como lo es el “cool, ok, new, Girl”, términos de los cuales se abusa en la mercadotecnia, lo que denota falta de imaginación y creatividad.

A muchos ya no les importa, como cita Carolina Jaimes Branger (2007: 13), columnista del diario El Universal: “La fuerza más poderosa de cualquier sociedad es la fuerza de la costumbre. Logra que nos adaptemos a las peores situaciones, impone formas de ser que nos dañan como sociedad”.
Nuestra costumbre como consumidores es ser consumidos en masa, instruidos sobre normas de marketing, edificadas sobre una realidad ajena a la nuestra y sobre parámetros de lo que se asume como 100% factible en otras culturas cuando debiera ser todo lo contrario.
La capacidad de expresión tiene que estar de acuerdo con cada civilización y cada pueblo, la publicidad debe ajustarse a la cultura y a ser nacionales. Contra la gran globalización que nos llega, la defensa del publicista es el conocimiento de su país” (Ferrer,E, 1996:1)
Análisis crítico mediático en Mafalda
Sabemos que en el mundo de la publicidad se analizan los diferentes grupos humanos para trabajar en función de cómo convencerlos al momento de adquirir un producto, pero también para inducir contenido ideológico y esto lamentablemente, ocasiona pérdida de la identidad más de lo que notamos.
En el estudio “La televisión venezolana y la formación de estereotipos en el niño” realizado en los 70’s, Eduardo Santoro, con planteamientos aún vigentes, revela que “La televisión forma en el niño estereotipos hacia clases sociales, grupos étnicos e ideologías. Estos estereotipos están formados-intencionalmente o no- en base al patrón del país en el cual se producen los materiales televisados (Patrón para Venezuela: los Estados Unidos)”

Una década más tarde, Ludovico Silva, desde una perspectiva marxista, manifestó que “En el subdesarrollo latinoamericano, todos los cómics que disfruta el consumidor, no son otra cosa que un sutil modo de gravitación ideológica de las potencias económicas mundiales sobre nuestros países.” (Silva L. 1980:91)
A esto Giovani Sartori añade que en definitiva “…el niño formado en la imagen se reduce a ser un hombre que no lee, y por tanto, la mayoría de las veces, es un ser reblandecido por la televisión”
         En la actualidad, a casi más de 20 años de la formulación de esos planteamientos, poseemos más herramientas de difusión de mensajes y permanecemos carentes de propuestas para contrarrestar la carga impuesta por el comercio, la educación, la religión y los medios de comunicación.
¿En un mundo globalizado cómo se podría combatir esta penetración a la conciencia?
A través de la adquisición de verdadero conocimiento (lectura) y por supuesto, la misma arma: La publicidad.
Quizás en respuesta a esto, fue que el argentino Joaquín Lavado, “Quino”, creó a la subversiva, inquieta e inteligente Mafalda en 1962. Quien fue dibujada para servir de apoyo publicitario a la marca de electrodomésticos Mansfield y aunque esta idea no se concretó, Quino guardó las 12 muestras, lo que le permitió en 1964 publicarlas en el diario Primera Plana, generando un impacto que transformó, sin duda, la historia del arte gráfico latinoamericano.

¿A qué se debe ese impacto?
A modo de escenario crítico para entender y soportar el mundo mediático en el que vivimos, Quino apostó porque el niño, o adulto lector de Mafalda se convirtiese en el niño que interviene, pregunta, conversa.
Logró que durante su aparición en diarios argentinos desde 1964 a 1973, sus seguidores percibieran el grado de influencia de los medios de comunicación en el pensamiento y la formación de personalidad del individuo. Quino a través del humor enfrentó la realidad, informó y aún entretiene.
Mafalda compartió sus inquietudes, y creció junto a una corte de personajes (Felipe, Manolito, Susanita, Miguelito, Libertad y Guille) quienes sin duda representan distintos prototipos de ciudadanos y consumidores latinoamericanos.
Tenemos a los Manolitos, plenamente integrados al capitalismo, convencidos de que el valor esencial en el mundo es el dinero.
Hay otros tantos Felipes, los soñadores tranquilos,pensativos, inspiracionistas(1)… que esperan que algo suceda para cambiar su situación.
.(1) Término utilizado por Carolina James Branger, columnista del diario El Universal, para referirse a los ciudadanos que se dejan llevar por la inspiración, definiendo a la espera de ésta, como una de los 10 anclajes al subdesarrollo que posee el venezolano.
Existen centenares de Susanitas, perdidas en sueños banales y consumistas, racistas, despectivas con los pobres de manera descarada y natural. (Algunos de estos conceptos son impuestos y reforzados con campañas publicitarias de cosméticos, artículos para el hogar, etc)

¿Quiénes somos? Y ¿Quiénes queremos ser?

En Venezuela, aún cuando contamos en su momento con el talento de Leoncio Martinez, y en la actualidad con las destrezas artísticas de Rayma, Edo, Fonseca y el perspicaz y satírico Pedro León Zapata quienes han desarrollado técnicas humorísticas de gran alcance a través de las caricaturas, la realización de una propuesta endógena, no se ha logrado.
            Esta es sólo una idea para comenzar. Mafalda de Argentina, es sólo un ejemplo de cómo se puede alcanzar el éxito profesional trabajando en congruencia con el contexto histórico de nuestra región y nuestra realidad.

Una mirada hacia adentro…
Somos consumidos, habituados a aceptar lo que desean mostrarnos. Copiando ese modelo y estilo de vida vivimos con tendencia al conformismo. Es necesario distinguir, conocer y aceptar esa problemática.
Ahora bien, tenemos la oportunidad de dignificarnos a través del medio, de devolverle credibilidad a la publicidad, tomando lo bueno de las grandes campañas y creando la propia con facultades de formación más que de alienación.
Se trata de ir en busca de los cientos de pájaros volando y no quedarnos con el que está en mano desgastado; con lo que ya sabemos que funcionó, más para mal que para bien. 
Intentar cambiar ésta generación de venezolanos que están “informados” de todo, pero no comprenden nada.
Si nos promoviéramos, como hacemos con lo ajeno (Adidas, Aeropostale, Coca-Cola, Mcdonalds, etc.) y comenzamos a apelar a los mensajes llenos de sensibilidad y conciencia, tendremos suficientes herramientas para hacer grandes campañas publicitarias.






jueves, 8 de julio de 2010

Cito de los pocos, para pocos entre muchos.

Para el artista, crear es un estilo de vida, un contínuo aprendizaje de sí mismo y su entorno; una manera sublime de asumir, digerir y compartir su apreciacion del todo. Un certero escape para dirigir su vida.


En mi, está plantado para siempre, cual enredadera, un respeto obsesivo por el individuo que en un guión de cine, en una danza, en un trazo de pincel o en la melodía de una canción, hace posible su aporte al progreso humanístico.


"Ningún artista desea probar nada" no el verdadero, el verdadero no admira su nombre, ni desea mostrar su buena técnica...sólo observa, escucha y plasma su fascinación CREANDO.


El verdadero actor de sus momentos, el verdadero pintor de demencias y amores, el acertado escritor de guiones cinematográficos, hace historia en quien lo admira y mucho más en quien piensa y lo cuestiona, lo critica.


A continuación, un trozo del aporte que han dado, los que en mi hacen historia.
Los que haciendo añicos mi antigua conciencia, hicieron emerger de la nada una nueva que sobre sí, tiene tatuadas billones de interrogantes, dudas, preguntas y ansias de Saber, aunque la vida no me alcance para ello.



La soledad de América Latina
[Discurso de aceptación del Premio Nobel 1982 ]

Gabriel García Márquez



Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonios más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.


Fragmento de carta del Subcomandante Marcos a Eduardo Galeano (1995)

... Y yo me digo que cuando sea grande voy a ser uruguayo-argentino y escritor, en ese orden, y no crea usted que será fácil porque lo que es el mate, no lo puedo tragar.
Pero no era esto lo que yo quería contarle. Lo que yo quería era contarle un cuento para que usted lo cuente:
Me enseñó el Viejo Antonio que uno es tan grande como el enemigo que escoge para luchar, y que uno es tan pequeño como grande el miedo que se tenga. "Elige un enemigo grande y esto te obligará a crecer para poder enfrentarlo. Achica tu miedo porque, si él crece, tú te harás pequeño", me dijo el Viejo Antonio una tarde de mayo y lluvia, en esa hora en que reinan el tabaco y la palabra.
El gobierno le teme al pueblo de México, por eso tiene tantos soldados y policías. Tiene un miedo muy grande. En consecuencia, es muy pequeño. Nosotros le tenemos miedo al olvido, al que hemos ido achicando a fuerza de dolor y sangre. Somos, por tanto, grandes.
Cuéntelo usted en algún escrito. Ponga que se lo contó el Viejo Antonio. Todos hemos tenido, alguna vez, un Viejo Antonio. Pero si usted no lo tuvo, yo le presto el mío por esta vez.
Cuente usted que los indígenas de sureste mexicano achican su miedo para hacerse grandes, y escogen enemigos descomunales para obligarse a crecer y ser mejores.
Esa es la idea, estoy seguro que usted encontrará mejores palabras para contarlo. Escoja usted una noche de lluvia, relámpagos y viento. Verá cómo el cuento sale así nomás, como un dibujito que se pone a bailar y a dar calor a los corazones que para eso son los bailes y los corazones.
Vale. Salud y un muñequito sonriente, como ésos con los que firma.
Desde las montañas del Sureste Mexicano.

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Subcomandante Insurgente Marcos

P.D. de advertencia policiaca. Es mi deber informarle que soy, para el supremo gobierno de México, un delincuente. Por lo tanto mi correspondencia puede ser implicatoria.
Le ruego que se grabe usted el contenido de la presente, es decir, la encomienda que suplica, y destrúyala inmediatamente. Si el papel fuera de chicle, le recomendaría que lo comiera y, masticando, se pusiera a hacer esas bombitas de chicle que tanto escandalizan a las buenas conciencias, y que demuestran la falta de urbanidad y educación de quien las hace.
Aunque hay algunos que las hacen con la esperanza de que una de las bombitas sea lo suficientemente grande como para llevarlo a uno de esa ruta luminosa que, allá arriba, se alarga... como se alargan el dolor y la esperanza sobre el cielo de nuestra América.
P.D. improbable. Salude usted de mi parte, si lo ve, al tal Benedetti. Dígale usted, por favor, que sus letras, puestas por mi boca en el oído de una mujer, arrancaron alguna vez un suspiro como esos que echan a andar a la humanidad entera.
Dígale también, que quién quita y lo de "Marcos" fue por "el cumpleaños de Juan Ángel".


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“El Hombre, en su orgullo, creó a Dios a su imagen y semejanza.” Nietzsche

"No tenemos otro mundo al que podernos mudar."  Gabriel García Márquez

"Siempre hay alguien que sabe cómo sucedió todo realmente. Hasta el autor del crimen compra el diario para ver cómo salió la información."


"Ya tengo 20 años, responsabilidad crece. No tengo tiempo para adultos con mentalidad de trece" Pedro Luis Blanco.

“Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.” Gabriel García Márquez


"¿Querías matarme? Bajo esta capa no hay carne ni huesos que matar. Sólo hay una idea. Las ideas son a prueba de balas." V . Capítulo 9

*"Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo Importante." Mafalda,Quino


"Nadie puede amasar una fortuna sin hacer Harina a los demás" Mafalda,Quino.

"(…) Se siente uno bien cuando sabe que la tarea no es fácil,cuando sabe que este esfuerzo es un esfuerzo que vale la pena
hacerlo, que esta hora es una hora que vale la pena vivirla, xq las
tareas fáciles no invitan a los hombres de espíritu entusiasta y
elevado, las tareas fáciles son tareas de gente mediocre, pero l ...as
tareas difíciles como éstas, las tareas difíciles cuando son tan justas
como éstas, nos llenan de entusiasmo, y es bueno que tengamos empresas
difíciles por delante, xq lo peor para los revolucionarios, sería no tener enemigos, bajar la
guardia, desfallecer el espíritu en la acomodación y en las cosas
intrascendentes, y como conocemos a los revolucionarios sabemos que son
mejores cuando tienen que librar grandes batallas" Fidel Castro Ruz

"— Sí, duro, muy duro. Consigo mismo más que con nadie. Se daba cuenta si se le había ido la mano, pero por eso no dejaba de ser duro. " Alberto Granados acerca de Ernesto Guevara.



"Dime de lo que presumes y te diré de qué careces" DPM

"
hechos que se han repetido a lo largo de las últimas décadas de manera un tanto maquinal e inconsciente, para hacerse “verdades” inconmovibles e incontrovertibles" Ricardo Gil Otaiza

"Esa misma ‘epopeya’ inacabada por ese Bolívar trágico, que tuvo que ir a morir fuera de su ciudad, con escasas pertenencias y muchos desengaños sobre los hombros, debe ser concluida para que se pueda alcanzar —ahora sí— la verdadera independencia, de manos de los nuevos héroes, de los continuadores de aquellos, de los patriotas redivivos que en el siglo XXI levantan la espada del Libertador y juran al pie de un samán no dar descanso a sus almas hasta haber alcanzado el objetivo de rescatar la patria perdida."
Ricardo Gil Otaiza

“Cuántos hombres se precipitan hacia la luz, no para ver mejor sino para brillar.” Nietzsche



"A mi, más terrenal, más dado a los devaneos de la racionalidad que viene de la crítica de lo social, me interesaban el capitalismo y su espiritualidad: La Ideología" jl Monzantg